8 de septiembre de 2011

Personalísimo

Ustedes disculparán mi tardanza en escribir, pero ha habido sucesos que me han traído medio bajoneada últimamente. Sufrí de depresión post balacera en el estadio de los Santos, post locutor que pide que arrollemos ciclistas, post incendio en el casino de Monterrey y después post episodio de los quesos y el soborno... Total, parece que en este país (y en este mundo) jamás se acaba. Cuando me di cuenta del tiempo que había pasado, decidí escribir este publicación a manera de catarsis.

Para nadie es secreto, vivimos en una sociedad sumamente consumista que, desde pequeños, y por así decirlo, nos sube en el tren del "más, más, más". Más éxito, más dinero, más cosas, más rápido, más joven. Este es un mundo que te exige vivir menos, consumir más. Por eso te venden pan de muerto desde julio y árboles de navidad desde agosto. Por eso a mediados del 2011 ya venden coches modelo 2012. Por eso apenas sale el iPhone 4, empiezan a endulzarte la oreja con las bondades del iPhone 5.

Este trenecito no se para. Cuando volteas, ya pasaste muchas estaciones y no supiste ni cómo ni cuándo. Y en esta prisa de "lo que sigue", queda poco tiempo para entender lecciones, para asimilar aprendizajes, para reflexionar y aprehender.

Creo firmemente que esto es una enfermedad que aqueja al mundo. Una grave. Y lo peor es que no sólo no veo señales de mejora, sino que el mal se está contagiando. De pronto, de entre sociedades históricamente pacíficas, de las que deberíamos estar aprendiendo lo bueno, sale un individuo capaz de disparar a matar decenas de personas, (jóvenes adolescentes), al azar, motivado por odio racial. "Odio racial", perdiendo de vista el elemental punto de que todos somos personas.

Y después me volteo a ver a mí misma y encuentro conductas menos locas, pero que por ahí andan. Cada vez que digo "maldito camionero, ojalá se muera" o "estúpidos políticos, ojalá los maten"... ¿Es eso en verdad lo que yo quisiera? No, pero uno suelta esas palabras como si nada. O sea, no me quiero dar golpes de pecho, pero de verdad creo que corregir las acciones empieza por corregir las palabras.

Total, como estoy en franca edad de tener niños y empiezo a pensar en el futuro y el mundo que van a vivir, (desigual, injusto, polarizado, materialista...), me cuestiono muchas cosas. Me da tristeza. Me pregunto qué tanto estoy haciendo y puedo hacer. En fin... creo que han sido días de mucha ofuscación. Y me queda clarísimo que tengo muchas cosas que pensar; mucha tarea.

Por favor, pongan atención a esta canción. Cambiemos el tren del "más, más, más" por un tren de paz. Saludos!

3 comentarios:

  1. Tomo la parte de los "nuevos" niños que llegan al mundo e igualmente comparto tu preocupación, por que por mucho que una diga, yo le voy a enseñar, yo le voy a decir, le voy a explicar... necesitaríamos irnos a vivir a una comuna hippie para que no se contagie de... todo lo demás!!

    Caramba, si que suena en muchas ocasiones frustante, pero estoy de acuerdo en que, no hay que perder la esperanza y hacer cada uno su parte, mejorar nuestra actitud.

    Yo si quiero...

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  2. De acuerdo contigo, la situación nacional y mundial es depresiva. No se ven soluciones y lo que es peor, todo tiende a empeorar, sin embargo tampoco hay que dejar de ver las cosas buenas que nos rodean y a las cuales solemos dejar de lado o hacer menos. Reír por unos chistes, ver un atardecer, pasear al perro, gritar un gol, dormir, ver que en el mismo estadio de Santos lo primero que hubo fue solidaridad. Lo bueno, lo que vale la pena sigue ahí para curarnos el alma y de paso, contagiar al mundo.

    Un abrazo.

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  3. Me ha gustado tu publicación. Pero debes reconocer el valor terapéutico de los gritos como "Maldito camionero del demonio".

    Eugenio Lojero

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Me encantaría leer sus comentarios.